El coste del silencio: cómo la OEA está socavando su propia relevancia
Por Sir Ronald Sanders
La Organización de los Estados Americanos se acerca a una prueba decisiva, no de su existencia, sino de su relevancia. Sigue reuniéndose, sigue conmemorando acontecimientos, pero no aborda cuestiones políticas apremiantes.
En un momento de turbulencia mundial, tensión económica y crecientes presiones sobre la gobernanza democrática, el silencio de la organización ha sido notorio. Han surgido con urgencia cuestiones de verdadera importancia para los pueblos de las Américas. Sin embargo, la OEA, como órgano colectivo, ni las ha abordado directamente ni ha emitido siquiera una modesta declaración de preocupación.
En cambio, su atención se ha dirigido a conmemoraciones, algunas de ellas prolongadas durante varios días. Estas conmemoraciones tienen valor, pero contrastan de forma marcada con la ausencia de implicación en asuntos que afectan directamente a la estabilidad, la seguridad y el bienestar del hemisferio. La impresión que se transmite no es de deliberación, sino de evasión.
Este silencio no es accidental. Refleja una creciente renuencia entre los Estados miembros a dejar al descubierto divisiones sobre cuestiones difíciles. Las diferencias existen y, en algunos casos, se están profundizando. En lugar de afrontarlas mediante la diplomacia, parece existir una preferencia por dejarlas de lado y seguir adelante como si la unidad siguiera intacta. No es así. Y el esfuerzo por preservar la apariencia de consenso, evitando al mismo tiempo su sustancia, disminuye la credibilidad de la organización.
La OEA no fue concebida como un órgano ceremonial. Su Carta le asigna propósitos claros, entre ellos el fortalecimiento de la paz y la seguridad, la promoción y consolidación de la democracia representativa y la erradicación de la pobreza extrema. Se trata de obligaciones, no de aspiraciones.
Al mismo tiempo, la organización afronta crecientes limitaciones financieras. Algunos de sus Estados miembros más ricos están presionando para que el presupuesto del próximo año sea de crecimiento cero, pese a que el presupuesto actual ya ha sido reducido, los mandatos recortados y la dotación de personal disminuida.
En estas circunstancias, una restricción adicional no es un acto neutral. Debilita la capacidad y transmite un menor nivel de compromiso con la propia institución.
La cuestión, por tanto, no es solo lo que hace la OEA, sino aquello en lo que sus Estados miembros están dispuestos a permitir que se convierta.
Para los Estados pequeños y vulnerables, esta cuestión tiene un peso particular. Las instituciones multilaterales proporcionan un marco en el que el derecho, el diálogo y la acción colectiva pueden moderar los desequilibrios de poder. Si ese marco se debilita, las consecuencias son inmediatas y reales.
Si la OEA ha de seguir siendo relevante, son esenciales varios pasos.
En primer lugar, debe haber voluntad de implicarse de manera sustantiva en las cuestiones que importan, incluso cuando el acuerdo no esté asegurado. El silencio no puede sustituir a la diplomacia.
En segundo lugar, la organización debe demostrar un impacto mensurable en los ámbitos en los que tiene mandato para actuar. Su eficacia será juzgada por los resultados, no por el procedimiento.
En tercer lugar, la cuestión de los recursos debe abordarse con franqueza. No puede esperarse que una organización responda a desafíos cada vez mayores mientras sus medios se reducen de manera constante.
Por último, los Estados miembros deben aceptar que gestionar el desacuerdo forma parte del multilateralismo. Evitarlo no preserva la unidad. La erosiona.
La Organización de los Estados Americanos sigue siendo una institución vital, pero su relevancia no puede darse por supuesta. Debe demostrarse.
La elección que tiene ante sí es clara. Puede actuar con determinación y conservar influencia, o puede continuar por su curso actual y correr el riesgo de una marginación gradual.
En esta coyuntura, el hemisferio debería esperar algo más que continuidad. Debería esperar implicación.
(El autor es Embajador de Antigua y Barbuda ante Estados Unidos y la OEA, y Canciller de la Universidad de Guyana. Las opiniones expresadas son suyas.)